Etapas de Formación

Formación Inicial

Debe caracterizarse por contenidos formaticos que preparen al seminarista para la vida presbiteral.

Realizando el primer discernimiento vocacional, la formación, entendida como un único camino discipular y misionero, se puede dividir en dos grandes momentos: la formación inicial en el Seminario y la formación permanente en la vida sacerdotal.

La formación inicial se realiza durante el tiempo precedente a la ordenación sacerdotal, comenzando con el periodo propedéutico, que forma parte integrante de la misma. Por tanto, debe caracterizarse por contenidos formaticos que preparen al seminarista para la vida presbiteral. Este objetivo requiere un paciente y riguroso trabajo sobre la persona, abierta a la acción del Espíritu Santo, con la finalidad de formar un corazón sacerdotal.

La Formación inicial y sus etapas.

La formación inicial puede ser subdividida en cuatro grandes etapas: “Etapa propedéutica”, “Etapa de estudios filosóficos” o “discipular” “etapa de los estudios teológicos” o “configuradora”, y “etapa pastoral” o “de síntesis vocacional”. A lo largo de la vida se es siempre discípulo, con el constante anhelo de “configurarse” con Cristo, para ejercer el ministerio pastoral. Se trata realmente de dimensiones constantemente presentes en el camino del seminarista. Sobre cada una de las cuales se ponen una mayor atención, en un momento, del proceso de formación, aunque sin descuidar nunca de las otras.

*Todos los artículos son tomados de: Congregación para el Clero Tomado de Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis El Don de la Vocación Presbiteral, Roma, 2016, No.28-88., Y de la Comisión Episcopal para Vocaciones y ministerios (CEVyM) y la Dimensión de Seminarios (OSMEX), Normas Básicas para la Formación sacerdotal en México, México Df., 2012, numerales 240- 294.

Curso Introductorio

«Maestro, ¿Dónde vives? Él les respondió: “Vengan y lo verán.”»
Jn. 1, 38-39

ETAPA PROPEDÉUTICA (CURSO INTRODUCTORIO)

Consiste en asentar las bases sólidas para la vida espiritual y favorecer un mejor conocimiento de sí.

A la luz de la Experiencia acumulada de los últimos decenios, se reconoce la necesidad de dedicar enteramente un periodo de tiempo a una preparación de carácter introductorio, con el objetivo de discernir la conveniencia de continuar la formación sacerdotal o emprender un camino de vida diverso.

Esta etapa propedéutica es indispensable y tiene su propia especificad. El objetivo principal consiste en asentar las bases sólidas para la vida espiritual y favorecer un mejor conocimiento de sí que permita el desarrollo personal. Para la introducción a la vida espiritual y maduración en ella será necesario, sobre todo, iniciar a los seminaristas en la oración a través de la vida sacramental, la Liturgia de las Horas, la familiaridad con la Palabra de Dios, alma y guía del camino, el silencio, la oración mental, la lectura espiritual. Finalmente, este es un tiempo propicio para un primer y sintético conocimiento de la doctrina cristiana mediante el estudio del Catecismo de la Iglesia Católica y para desarrollar la dinámica del don de sí en la experiencia parroquial y caritativa. Además, la etapa propedéutica podrá ser útil para completar la formación cultural si fuese conveniente.

Esta etapa dura un año que se desarrolla en el Curso Introductorio Santa María de Guadalupe.

Etapa Discipular

«Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.»
Jn. 14,6

Etapa de los Estudios filosóficos (o discipular)

Discípulo es aquel que ha sido llamado por el Señor a estar con Él.

El discípulo aprende cotidianamente a entrar en los secretos del Reino de Dios, viviendo una relación profunda con Jesús. Este “permanecer” con Cristo implica un camino pedagógico-espiritual, que transforma la existencia, para ser testimonio de su amor en el mundo.

La experiencia y la dinámica del discípulo duran toda la vida y comprende toda la formación presbiteral, requiere pedagógicamente una etapa específica, durante la cual se invierten todas las energías posibles para arraigar al seminarista en el seguimiento de Cristo, escuchando su Palabra, conservándola en el corazón y poniéndola en práctica. Este tiempo específico se caracteriza por la formación del discípulo de Jesús destinado a ser pastor, con un especial cuidado de la dimensión humana, en armonía con el crecimiento espiritual, ayudando al seminarista a madurar la decisión definitiva de seguir al Señor en el sacerdocio ministerial y en la vivencia de los consejos evangélicos, según las modalidades propias de esta etapa.

En esta etapa, los seminaristas se habituaran a educar su carácter, crecerán en la fortaleza de ánimo y, en general, aprenderán las virtudes humanas, como “la lealtad, el respeto de la justicia, la fidelidad a la palabra dada, la amabilidad en el trato, la discreción y la caridad en las conversaciones”, que harán de ellos un reflejo vivo de la humanidad de Jesús y un puente que una a los hombres con Dios. Para alcanzar la sólida madurez física, psicoafectiva y social, que se exige al pastor, serán de gran ayuda el ejercicio físico y el deporte, así como la educación para un estilo de vida equilibrado.

Este proceso formativo procura educar a la persona en la verdad del propio ser, en el uso de la libertad y en el dominio de sí, tendiendo a la superación de las diversas formas de individualismo, y al don sincero de sí que permite una generosa entrega a los demás. Al finalizar la etapa de los estudios filosóficos, o discipular, el seminarista, habiendo alcanzado una libertad y una madurez interior adecuadas, debería disponer de los instrumentos necesarios para iniciar, con serenidad y gozo, el camino que lo conducirá hacia una mayor configuración con Cristo en la vocación al ministerio ordenado.

Esta etapa dura tres años y se desarrolla en la casa del Seminario Mayor.

Etapa Configuradora

«Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas.»
Jn. 10,11

Etapa de los estudios teológicos (o Configuradora)

Los seminaristas consolidan una opción fundamental que los lleva a vivir en referencia con Cristo Buen Pastor.

Desde el primer momento vocacional, como se ha dicho, toda la vida del presbítero es una formación continua: la propia del discípulo de Jesús, dócil a la acción del Espíritu Santo para el servicio de la Iglesia. La pedagogía de la formación inicial, durante los primeros años de Seminario, procuraba inducir al candidato en la sequela Christi; finalizada esta etapa, llamada discipular, la formación se concentra en el proceso de configuración del seminarista con Cristo, Pastor y Siervo, para que, unido a Él, pueda hacer de la propia vida un don de sí para los demás.

Dicha configuración exige entrar con profundidad en la contemplación de la Persona de Jesucristo, Hijo predilecto del Padre, enviado como Pastor del Pueblo de Dios. La práctica de la contemplación hace que la relación con Cristo sea más íntima y personal y, al mismo tiempo, favorece el conocimiento y la aceptación de la identidad presbiteral.

La etapa de los estudios teológicos o configuradora, se ordena de modo especifico a la formación espiritual propia del presbítero, donde la conformación progresiva con Cristo hace emerger en la vida del discípulo los sentimientos y las actitudes propias del Hijo de Dios; y a la vez lo introduce en el aprendizaje de una vida presbiteral, animada por el deseo y sostenida por la capacidad de ofrecerse a sí mismo en el cuidado pastoral del Pueblo de Dios. Esta etapa facilita un arraigo gradual en la personalidad del Buen Pastor, que conoce a sus ovejas, entrega la vida por ellas y va en busca de las que están fuera del redil (cfr. Jn. 10, 17).

El contenido de esta etapa es exigente y fuertemente comprometedor. Se requiere una responsabilidad constante en la vida de las virtudes cardinales, las virtudes teologales y los consejos evangélicos, siendo dócil a la acción del Dios mediante los dones del Espíritu Santo, desde una perspectiva netamente presbiteral y misionera, junto a un gradual relectura de la propia historia personal, en la que se descubra el crecimiento de un perfil coherente de caridad pastoral, que anima, forma y motiva la vida del presbítero.

Desde la perspectiva del servicio a una Iglesia particular, los seminaristas deben formarse en la espiritualidad del sacerdote diocesano, marcada por la entrega desinteresada a la circunscripción eclesiástica a la que pertenece o a aquella en la cual, de hecho, ejercerán el ministerio, como pastores y servidores de todos, en un contexto determinado. Esto también significa adaptar el propio modo de sentir y de actuar, en comunión con el Obispo y los hermanos sacerdotes, por el bien de una porción del Pueblo de Dios.

La etapa de los estudios teológicos, o configurada, se orienta hacia la recepción de las Sagradas Órdenes. Al final de la misma, o durante la etapa siguiente, si es considerado idóneo a juicio del Obispo, habiendo escuchado a los formadores, el seminarista solicitará y recibirá la ordenación diaconal, con la cual obtendrá la condición de clérigo, con los correspondientes deberes y derechos. Son 4 años de esta etapa.

Etapa de Sítesis Vocacional

«El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva…»
Lc. 4 18a

Etapa Pastoral o de síntesis vocacional

Insertarse en la vida pastoral y esforzarse en adquirir una adecuada preparación.

La etapa pastoral (o de síntesis vocacional) incluye el periodo entre el fin de la estancia en el Seminario y la ordenación presbiteral, pasando obviamente a través de la recepción del diaconado. La finalidad de esta etapa es doble: se trata, por un lado, de insertarse en la vida pastoral, mediante una gradual asunción de responsabilidades, con espíritu de servicio; por otro lado, de esforzarse en adquirir una adecuada preparación, recibiendo un acompañamiento especifico con vistas a la recepción del presbiterado. En esta etapa el candidato es invitado a declarar de modo libre, consiente y definitivo la propia voluntad de ser presbítero, después de haber recibido la ordenación diaconal.

Comúnmente esta etapa se realiza fuera del edificio del Seminario, al menos por un tiempo considerable. Este periodo, que por norma se vive en el servicio a una comunidad, puede incidir significativamente en la personalidad del candidato. Se recomienda, por ello, que el párroco, u otro responsable de la realidad pastoral que acoge al seminarista, sea consciente de la responsabilidad formativa que recibe y lo acompañe en su gradual inserción.

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