Etapas de Formación

Dimensiones

« La formación de los futuros sacerdotes persigue la madurez integral de los Seminaristas…»
NBFSM 141.

DIMENSIONES DE LA FORMACIÓN

Cada una de las dimensiones formativas se ordena a la transformación del corazón a imagen del corazón de Cristo.

De acuerdo con lo indicado en la Exhortación apostólica post-sinodal Pastores dabo Vobis, son cuatro las dimensiones que interactúan simultáneamente en el camino formativo y en la vida de los ministros ordenados: la dimensión humana, que representa la “base necesaria y dinámica” de la vida presbiteral; la dimensión espiritual, que contribuye a configurar el ministerio sacerdotal; la dimensión intelectual, que ofrece los instrumentos racionales necesarios para comprender los valores propios del ser pasto, procurar encarnarlos en la vida y transmitir el contenido de la fe de forma adecuada; la dimensión pastoral, que habilita para un servicio eclesial responsable y fructífero.

El concepto formación integral reviste la máxima importancia, en cuanto que es la misma persona en su totalidad, con todo lo que es y como todo lo que posee, quien se pone al servicio del Señor y de la comunidad cristiana. El llamado es un “sujeto integral”, o sea, un individuo previamente elegido para alcanzar una solidez interior, sin divisiones.

*Todos los artículos son tomados de: Congregación para el Clero, Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis El don de la vocación Presbiteral, Roma, 2016, Numerales 89-124. Y de la Comisión Episcopal para Vocaciones y ministerios (CEVyM) y la Dimensión de Seminarios (OSMEX), Normas Básicas para la Formación sacerdotal en México, México Df., 2012, numerales 141- 238.

Dimensión Humana

«Hasta que lleguemos al estado del hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo.»
cf. Ef 4,13

Dimensión Humana

La llamada divina interpela y compromete al ser humano “concreto”.

La amplia reflexión del Nuevo Testamento sobre los criterios de idoneidad de los ministros ordenados muestran con cuanta atención, ya desde los orígenes, se cuidaban los aspectos propios de la dimensión humana. Los padres de la Iglesia han elaborado practicado la cura o “terapia” del hombre de fe llamado al servicio apostólico, porque estaban convencidos de la profunda necesidad de maduración que hay en cada hombre. Una recta y armónica espiritualidad exige una humanidad bien estructurada; como recuerda Santo Tomás de Aquino, “la gracia presupone la naturaleza” y no la sustituye, sino que la perfecciona. Es, por tanto, necesario cultivar la humildad, la valentía, el sentido práctico, la magnanimidad del corazón, la rectitud en el juicio y la discreción., la tolerancia y a transparencia, el amor a la verdad y la honestidad.

La formación humana, fundamento de toda la formación sacerdotal, promoviendo el desarrollo integral de la persona, permite forjar la totalidad de las dimensiones. Desde el punto de vista físico, se interesa por aspectos como la salud, la alimentación, la actividad física y el descanso. En el campo psicológico se ocupa de la constitución de una personalidad estable, caracterizada por el equilibrio afectivo, el dominio de si y una sexualidad bien integrada. En el ámbito moral exige que el individuo adquiera progresivamente una conciencia formada o sea que llegue a ser una persona responsable, capaz de tomar decisiones justas, doradas de juicio recto y de una percepción objetiva de las personas y de los acontecimientos. Esta percepción deberá llevar al seminarista a una equilibrada autoestima, que lo conduzca a la toma de conciencia de sus propias cualidades, de modo que aprenda a ponerlas al servicio del Pueblo de Dios. En la formación humana conviene cuidar el ámbito estético, ofreciendo una instrucción que promueva el conocimiento delas diversas manifestaciones artísticas, educando el “sentido de la belleza”; y en el ámbito social, ayudando al sujeto a mejora su capacidad relacional, de modo que pueda contribuir a la edificación de la comunidad en que vive.

Un signo del desarrollo armónico de la personalidad de los seminaristas es la suficiente madurez para relacionarse con hombres y mujeres, de diversa edad y condición social.

La formación humana constituye un elemento necesario para la evangelización, desde el momento en que el anuncio del Evangelio pasa a través de la persona y la mediación de su humanidad; la realidad actual nos obliga a reflexionar sobre las palabras de Jesús de Serán mis testigos… hasta los confines de la tierra, porque los confines de la tierra se han ampliado, a través de los mass media y las redes sociales. se trata de “una nueva ágora, una plaza pública y abierta en la que las personas comparten ideas, informaciones, opiniones, y donde, además, nacen nuevas relaciones y formas de comunidad”, una plaza de la que los futuros pastores no pueden permanecer excluidos, ni durante su camino formativo, ni en su ministerio.

En este aspecto, la utilización de los medios de comunicación y la aproximación al mundo digital son parte integrante del desarrollo de la personalidad del seminarista, porque “el sacerdote podrá dar a conocer la ida de la Iglesia mediante estos modernos medios de comunicación, y ayudar a las personas de hoy a descubrir el rostro de Cristo.”

Particularmente, las redes sociales deben formar parte de la vida cotidiana de la comunidad del Seminario, a través de un uso vigilante, sereno y positivo. Es conveniente que estas redes se conciban como lugares de nuevas posibilidades para las relaciones interpersonales, el encuentro con los demás, el dialogo con el prójimo y el testimonio de fe, todo ello en un perspectiva de crecimiento educativo, que considere todos los ámbitos de la relación en los cuales la vida se desenvuelve.

Dimensión Espiritual

«Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque separados de mí no pueden hacer nada.»
Jn. 15,5

DIMENSIÓN ESPIRITUAL

Santidad como vivencia de la caridad pastoral en el amor a Cristo y a la Iglesia.

La formación espiritual se orienta a alimentar y sostener la comunión con Dios y con los hermanos, en la amistad con Jesús Buen Pastor y en una actitud de docilidad al Espíritu. Esta intima relación forma el corazón del seminarista hacia el amor generoso y oblativo que representa el inicio de la caridad pastoral.

El centro de la formación espiritual es la unión personal con Cristo, que nace y se alimenta, de modo particular, en la oración silenciosa y prolongada. Mediante la oración, la escucha de la Palabra, la participación asidua en los sacramentos, en la liturgia y en la vida comunitaria, el seminarista fortalece su propio vínculo de unión con Dios, según el ejemplo de Cristo, quien tuvo como programa de vida hacer la voluntad del Padre. Durante el proceso formativo, el año litúrgico frece la pedagogía mistagógica de la Iglesia, facilitando el aprendizaje de la espiritualidad, a través de la interiorización de los textos bíblicos y de la oración litúrgica.

La ignorancia de la Escritura es la ignorancia de Cristo. Por tanto, en el proceso de maduración espiritual, la relación con la Palabra de Dios tiene un puesto eminente, la cual antes de transformarse en predicación, debe ser acogida en lo profundo del corazón. Los seminaristas necesitan ser introducidos gradualmente en el conocimiento de la Palabra de Dios, mediante el método de la Lectio Divina. En virtud de la necesaria conformación con Cristo “los candidatos a la ordenación, deben, sobre todo, de formarse en una fe muy viva en la Eucaristía”, en previsión de lo que vivirán después de la ordenación presbiteral.

En la vida de oración de un presbítero no debe faltar la Liturgia de las Horas, que representa una verdadera y propia “escuela de oración”, también para los seminaristas, quienes acercándose gradualmente a la oración de la Iglesia, mediante el Oficio Divino, aprenden a gustar su riqueza y su belleza.

La celebración regular y frecuente del sacramento de la Penitencia, preparado a través del cotidiano examen de conciencia, se convierte en ocasión para reconocer, con humildad, las propias fragilidades y pecados y, sobre todo, para comprender y experimentar la alegría de sentirse amado y perdonad por el Señor.

La dirección espiritual es un instrumento privilegiado para el crecimiento integral de la persona. El Director espiritual ha de ser elegido con plena libertad por los seminaristas de entre los sacerdotes designados por el Obispo.

Los seminaristas sean invitados a cultivar una auténtica y filial devoción a la Virgen María, será a través de su memoria en la liturgia como en la piedad popular, como el rezo del Rosario y del Angelus Domini.

La formación espiritual necesita ser asumida como un proceso orientado al crecimiento y madurez integrales del seminarista como hombre, como cristiano y como futuro sacerdote.

Dimensión Intelectual

«Si ustedes se mantienen en mi palabra serán verdaderamente mis discípulos, y conocerán la verdad y la verdad los hará libres.»
Jn. 8,31.32

DIMENSIÓN INTELECTUAL

Pasión por la verdad y diálogo evangelizador

La formación intelectual busca que los seminaristas obtengan una sólida competencia en los ámbitos filosófico y teológico, y una preparación cultural de carácter general, que les permita anunciar el mensaje evangélico de modo creíble u comprensible al hombre de hoy, entrar eficazmente en dialogo con el Mundo contemporáneo y sostener, con la luz de la razón, la verdad de la fe, mostrando su belleza.

Con la dedicación diligente, los candidatos al presbiterado deberán preparase, a través de la profundización en las ciencias filosóficas y teológicas, con una buena introducción al derecho canónico y a las ciencias sociales e históricas, a “dar razón de la esperanza” (cfr. 1Pe. 3, 15), para favorecer el conocimiento de la Revelación de Dios y conducir a todas las gentes a la obediencia de la fe.

La formación intelectual es parte de la formación integral del presbítero; está al servicio del ministerio pastoral e incide también en la formación humana y espiritual, en la que encuentra un alimento provechoso. Esto significa que el desarrollo de todas las facultades y dimensiones de la persona, incluida la racional, con el vasto campo de conocimientos adquiridos, contribuye al desarrollo del presbítero, siervo y testigo de la Palabra en la Iglesia y en el mundo. Lejos de ser relegado al ámbito de los conocimientos o de ser entendida solo como instrumento para recibir más informaciones sobre las distintas disciplinas, la dimensión intelectual acompaña a los presbíteros para que se dispongan a una escucha profunda de la Palabra, y también de la comunidad eclesial, para aprender a escrutar los signos de los tiempos.

Dimensión Pastoral

«Simón hijo de Juan, ¿me amas? Le dice él: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Le dice Jesús: “Apacienta mis ovejas”.»
Jn. 21,16

DIMENSIÓN PASTORAL

Formando pastores al estilo de Jesús

Ya que la finalidad del Seminario es la de preparar a los seminaristas para ser pastores a imagen de Cristo, la formación sacerdotal debe estar impregnada de un espíritu pastoral, que los haga capaces de sentir la misma compasión, generosidad y amor por todos, especialmente por los pobres, y la premura por la causa del Reino, que caracterizaron el ministerio público del Hijo de Dios; actitudes que se pueden sintetizar en la caridad pastoral.

Sin embargo, se debe ofrecer una formación de carácter específicamente pastoral, que ayude al seminarista a adquirir la libertad interior necesaria para vivir el apostolado como servicio, capacitándolo para descubrir la acción de Dios en el corazón y en la vida de los hombres. Vivida así, la actividad pastoral se configura en el ministro ordenado como una permanente escuela de evangelización. Durante este tiempo, el seminarista comenzara a ejercer las funciones de guía de un grupo y a estar presente como hombre de comunión, mediante la escucha y el cuidadoso discernimiento de la realidad, cooperando con otros y promoviendo la ministerialidad.

La vocación a ser pastores del Pueblo de Dios exige una formación que haga a los futuros sacerdotes expertos en el arte del discernimiento pastoral, esto es, capaces de una escucha profunda de las situaciones reales y de un buen juicio en las opciones y las decisiones. Para practicar el discernimiento pastoral, conviene poner en el centro el estilo evangélico de la escucha, que libera al Pastor de la tentación de la abstracción, el protagonismo, la excesiva seguridad de sí mismos y el de esa frialdad, que haría de él “un profesional del Espíritu”, en vez de “un buen samaritano”. Quien se pone a ña escucha de Dios y de los hermanos sabe que es el Espíritu quien guía a la Iglesia hacia la verdad completa, y que esta, en coherencia con el misterio de la Encarnación, germina lentamente en la vida real del hombre y en los signos de la historia.

La mirada del Buen Pastor, que busca, acompañar y guiar a sus ovejas, lo conducirá a una visión prudente y compasiva; el pastor realizara su ministerio en un estilo de acogida serena y de acompañamiento vigilante de todas las situaciones, incluso de las más complejas, mostrando al belleza y las exigencias de la verdad evangélica, sin caer en obsesiones legalistas y rigoristas. De esta manera, sabrá proponer procesos de fe a través de pequeños pasos, que puedan ser más apreciados y mejor acogidos. Él llegará a ser así signo de misericordia y de compasión, dando testimonio del rostro materno de la Iglesia que, sin renunciar a las exigencias de la verdad evangélica, evita transformarlas en cargas excesivas, optando por guiar con compasión e incluir a todos. Una sólida formación pastoral exige no solo el ejercicio de actividades de carácter apostólico, sino también el estudio de la teología pastoral, la cual contara, cuando sea necesario, con la valiosa contribución de las ciencias humanas, especialmente de la psicología, la pedagogía y la sociología.

Durante el tiempo de formación, se existen algunas experiencias de apostolado. Se tratan de experiencias indispensables para la formación integral del sujeto, cuya oportunidad se debe valorar considerando la edad de los seminaristas y las diversas actitudes de cada uno.

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